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Psique y Eros en la experiencia afectiva profunda
Volvamos ahora a nosotros mismos. Podemos sacar algunas conclusiones
de nuestras propias experiencias afectivas profundas, que son siempre
las que tienen la última palabra en las discusiones psicológicas.
Reconocemos al eros psicológicamente creativo en los momentos
de plenitud, en el flujo liberador de lo erótico y en esas
aproximaciones al alma a las que puede llamarse fálicas por
su repentino erigirse, la cópula que supera la distancia
y la penetración en busca del engendramiento. Pero, asimismo,
reconocemos lo creativo en el daímon cuando sentimos el vacío
de la necesidad, de la pobreza, del no tener nada para dar, del
aislamiento de la clausura, del admonitorio "no" del daímon.
Demonio y daímon son uno; si se suprime la compulsión,
se pierde el contacto con la voz guía del daímon.
Sócrates conservó el daímon creativo durante
toda su vida, posiblemente porque, como lo dice en el Banquete (212b),
había venerado todos los elementos del amor e iba a continuar
rindiendo homenaje a los poderes del amor por el resto de su vida.
Aceptando lo demoníaco, Sócrates se mantuvo en contacto
con el daímon. Podemos oír el "no" inhibidor,
sólo cuando estamos abiertos a la compulsión, lo cual
nos pone frente a la paradoja de la unión del amor y el miedo,
que a su vez origina una especie de temor reverente del que surge
una nueva percepción de la psique, cargada de sentido religioso,
que la obliga a moverse con cuidado, temerosa pero gozosamente.
El miedo pertenece también al eros, habla a través
del thymós e inhibe mediante la intervención psíquica.
Este miedo nos mantiene unidos a la humilde realidad; es el calambre
admonitorio que inhibe la superbia, el Hochgefuhl, del ascendente
Eros alado. "Estate atento", "ve despacio",
"no hagas nada", son también expresiones del eros.
Tales negativas (proferidas por la misma voz que afirma) estimulan
al ánima a distinguir sus necesidades psicológicas.
El ánima se hace consciente de sus propias intenciones, se
distancia en el tiempo y el espacio, y expande así el campo
de la realidad psíquica, observando, por ejemplo, sus fantasías
eróticas, sus sensaciones corporales, sus estados de ánimo,
sus propias huídas. La psique, conteniendo esa tensión
incrementada, puede transformar al eros y enseñarle a diferenciar
las metas de sus pulsiones.
La psique puede también reflejar como un espejo, asumir la
guía con su lámpara, dejar el hilo a lo largo del
laberinto, para encontrar el camino en una relación exterior
o en la incertidumbre interior. El miedo, en tanto inhibición
perteneciente a la parte demoníaca del daímon, es
el inicio de la psicología. El rechazo, la impotencia y la
frigidez pueden también ser expresiones del eros, parte del
"no" del daímon. Dicho miedo es un regalo espontáneo
del eros en la misma medida que lo es el impulso erótico
mismo. Confiar y dudar, conceder y negar, abrir y cerrar, retroceder
y avanzar, son parte del juego recíproco entre el eros y
la psique -a través del cual el uno se va configurando por
el otro-, que abarca desde el más tímido escarceo
amoroso infantil hasta el ritmo de los opuestos del mysterium coniunctionis.
A la importancia del miedo se le ha prestado una escasa atención
verdaderamente psicológica. No poseemos más que investigaciones
fisiológicas, iniciadas principalmente por Cannon; interpretaciones
sexualizadas en concordancia con la teoría freudiana de la
angustia; y descripciones filosóficas de conceptos como el
pavor existencial. La afirmación bíblica de que el
miedo es el inicio de la sabiduría tiene un denso significado
psicológico. El miedo no es meramente algo negativo que debe
ser superado con el coraje o, en el mejor de los casos, un mecanismo
instintivo protector; es más bien positivo, una forma de
sabio consejo. Jung, en sus inéditas Seminar Notes, habla
del miedo (phóbos), y no del poder, como del verdadero opuesto
del eros. Esta idea nos resulta familiar, pues en la primera carta
de san Juan (4, 17-18) se relaciona el miedo con el amor como su
enemigo. El amor aviva el miedo. Tenemos miedo de amar y tenemos
miedo cuando amamos, realizamos propiciaciones mágicas, buscamos
signos y pedimos protección y guía. Aunque es cierto
que todo el mundo ama a un amante, también lo es que el mundo
teme a los amantes a causa de la destrucción que acompaña
su alegría. Cuando Psique, en nuestra fábula, cae
presa del pánico y se arroja al río, es salvada por
Pan, que es tanto pánico como la caprina compulsión
erótica. Tánatos y Eros no están tan lejos
uno de otro como Freud quiso hacernos creer. En el nivel más
profundo del miedo aparece un eros, como lo muestran las frenéticas
copulaciones en los tiempos de terror y de guerra o las pesadillas
causadas por Pan, que son también eróticas. El miedo
parece ser una necesidad inherente a la experiencia del eros; en
el caso de que se encuentre ausente, podría llegarse a dudar
incluso de la pena validez del amor. Una consecuencia de este miedo
es que podemos fiarnos del eros. El instinto contiene su propio
autorregulador, el eros su propio daímon. La compulsión
es refrenada por los consejos del sabio miedo, por su elaboración,
por su ritualización; si no se escucha al daímon,
la compulsión queda refrenada por los consejos de la neurosis
y de los síntomas. Suponiendo que fuera posible, no tendríamos
necesidad de controlar lo creativo en psicología con censuras
prohibitivas del Yo o con reglas técnicas, pues el daímon,
cuando se le da suficiente confianza, puede gobernar por medio de
las inhibiciones naturales. Sólo hay que prestarle atención,
recibirlo, escucharlo, incluirlo; sólo es menester estar
pendiente de sus calambres admonitorios, de su frialdad, de su serenidad.
Entonces el eros no tiene ninguna necesidad de ser combatido, controlado,
o transformado en algo más noble. Su meta es siempre, en
cualquier caso, la psique. Estamos obligados a confiar en el eros
y en su meta. ¿Puede vivir alguien con autenticidad si no
cree y confía en que los movimientos de su amor tengan un
sentido último y sean fundamentalmente correctos? Podemos
ser transformados por el eros, pero, aun empleando todo nuestro
esfuerzo, no podemos transformarlo a él directamente, pues
el eros es el impulso hacia lo alto o -en lenguaje aristotélico-
la actualización, el movimiento de autorrealización
que determina las transformaciones de la psique. Una idéntica
ascensión y un mismo abatimiento súbito acontecen
en la experiencia erótica individual en relación con
la gloriosa inflación que tiene lugar siempre que se "cae"
presa del amor.
Mientras que la reflexión es un movimiento hacia lo interno
o un volverse hacia atrás y la actividad se dirige hacia
delante y hacia lo externo, lo creativo, en cambio -equiparado al
eros en los pensamientos órfico, platónico y neoplatónico-,
es un movimiento hacia lo alto. El eje es vertical: Omnis amor aut
ascendit aut descendit (san Agustín). Los escritores clásicos
nunca dejaron de señalar este extremo en sus advertencias
sobre el descenso hacia el polo de la phýsis y de la carne.
Por eso, en la literatura sobre el eros, se encuentran recurrentemente
los símbolos de las chispas caídas, la escalera, el
fuego ascendente, las alas y la meta olímpica de la inmortalidad.
La función trascendente, entendida como ese aspecto del proceso
de individuación que supera opuestos inconmensurables mediante
la creación de símbolos, debe ser también atribuida
al eros en tanto impulso hacia lo alto. Eros, visto como sintetizador,
vinculante e intermediario, reúne los dos dominios; forma
símbolos. Eros es más que la dýnamis de hacer
símbolos y de la función trascendente; al eros se
le debe atribuir el impulso para el desencadenamiento del proceso
en sí, que Jung describe mediante la tradicional idea de
la espiral hacia lo alto. El énfasis sobre el movimiento
hacia arriba sitúa la descripción junguiana de la
individuación (entendida como un proceso dialéctico
de tipo socrático con visiones de inmortalidad) cerca de
la tradición precristiana del eros. Lo cual contrasta con
el típico pensamiento cristiano, para el que la redención
a través del descenso de la gracia depende más de
la caritas y de la agape que del eros.
Por lo demás, la cuestión de la confianza y de la
traición en la relación eros-psique es una cuestión,
en realidad, más de la psique que del eros, aunque en la
antigüedad las advertencias incidían sobre todo en la
necesidad de precaverse de las tormentosas consecuencias del eros,
al que se etiqueta en las tragedias de "dios hostil" y
en la poesía lírica de "loco, mentiroso, portador
de calamidades, tirano, falso" o de "un dios a temer por
los estragos que causa en la vida humana (...), un tigre, y no un
gatito con el que juguetear". Estas descripciones concuerdan
con el eros cuando éste no se encuentra todavía contenido
en la psique, cuando es todavía inconstante y se halla poseído
por el complejo materno, cuando pertenece al ánima que todavía
no se ha liberado de los falsos valores, de las vanas nociones de
belleza y de la incertidumbre psicológica sobre sí
misma en cuánto alma, y no es todavía, por eso, el
recipiente capaz de contener adecuadamente la fuerza creativa del
eros.
Debido a que la destrucción constituye uno de los polos del
instinto creativo, el desarrollo psíquico se lleva a cabo
a través de prolongadas experiencias de destrucción
erótica. El ánima va aprendiendo merced a las posibilidades
que le abre el amor y a los súbitos vaivenes, frustraciones
y decepciones del impulso erótico, que es tan irresistible
como poco fiable, que se compromete totalmente para desaparecer
acto seguido. El movimiento que va del ánima a la psique
supone el descubrimiento del aspecto psíquico de las perversiones
eróticas, de los odios malignos del amor y de sus crueldades,
y no el mero rechazo de todo ello con una mezcla de inocencia, resentimiento
y lágrimas del ánima.
Si falta la interacción con la destrucción erótica,
la psique permanece virgen. Nosotros hemos encontrado esta psique
virginal en los síntomas histéricos, en esa feminidad
desaforada de una psique todavía bregando por emerger de
la crisálida de su ánima.
Pero la psique virginal no es meramente una pseudoánima.
Se caracteriza principalmente por un desplazamiento de la libido
instintiva, de tal manera que el papel de lo creativo pierde su
potencial y queda usurpado por otras pulsiones, principalmente por
la reflexión. Tenemos tendencia a cometer el pecado de confundir
reflexión con creatividad y a definir así inadecuadamente
el objetivo de la psicoterapia con el de un "devenir consciente".
Nietzsche ya advirtió que la introspección por la
introspección carece de sentido: "Llegará un
día en el que estaremos completamente enredados en ella".
Dudo que haya alguien que no esté en la actualidad de acuerdo
con esta afirmación.
La psique asociada a la reflexión es una unión de
idénticos que carece de la tensión de los opuestos,
ya que la psique es en sí misma lo reflectante femenino,
la mente lunar especular. Una unión de idénticos reúne
dos cosas que no deberían haberse escindido.
Cose y cura, pero no crea, porque la radical ambigüedad de
los opuestos y sus recíprocamente incómodos efectos
destructivos no se constelan nunca. La psique unida a la reflexión
da lugar a la unio mentalis, o salud mental. Sin embargo, el alma
que no está conectada al cuerpo a través del eros
se encuentra, por más que haga, separada de él. En
otras palabras, es consciente, sí, pero no lúcida;
es mental, cierto, pero con una consciencia que no procede del corazón
ni del thymós. De ahí la importancia del aspecto fálico
del eros, de ese absurdo movimiento hacia abajo que lleva a la psique
a abismarse en el cuerpo, que quema las alas del alma en las llamas
del vivir y que, al mismo tiempo, curiosamente, la exalta e idealiza.
Cuando la psique virginal queda fascinada por sueños o visiones,
se sitúa al borde del descubrimiento, pero todavía
permanece atada a la reflexión. No se debe confundir la creatividad
psicológica con un cúmulo de bellas imágenes
interiores. Las drogas alucinógenas pueden abrir panoramas
interiores a voluntad, proporcionándonos la "hip-gnosis"
de los equivalentes modernos de los antiguos sacerdotes-puer de
largos cabellos pertenecientes a la Gran Madre. Las ilusiones y
las visiones indican no tanto una psique fértil cuanto la
fertilidad de la ardiente riqueza natural de la Gran Madre y su
atrayente modo de satisfacer las necesidades orales de sus hijos
con banquetes visuales. Los sueños, los panoramas interiores
y las visiones no son creativos; hasta que no traspasen el umbral
de la vinculación erótica sólo son distintos
aspectos de la reflexión. La imaginación creativa
que revela el reino imaginal -sobre el cual tendremos oportunidad
de extendernos en la segunda parte- se deriva de la vitalidad y
de la pasión. Nace en la sangre de la psique despierta, no
de la que está soñando. La verdadera imaginación
no es ni una retirada a la fantasía ni una maníaca
noción extravertida de la creatividad en tanto productividad
física. La verdadera imaginación puede valerse de
los espejos de la reflexión, pero su impulso emocional es
el instinto creativo. Como se encuentra implícitamente el
el Banquete 202e, Eros es necesario para tomar parte en el mundo
imaginal, a través del cual el hombre traba íntimo
contacto con los dioses, ya sea despierto, dormido o en trance,
ya sea en las visiones, en las profecías o en los misterios.
Por la experiencia analítica sabemos que la mera imaginería,
e incluso la observación activa de la fantasía, si
no se acompañan de una vívida participación
libidinal, tienen un efecto escaso.
La condición primera para entrar en lo imaginal es el amor
lleno de interés; lo imaginal es una creación de la
fe, de la necesidad y del deseo. Debemos desearlo apasionadamente,
aún cuando no podamos obtenerlo con la voluntad. La alquimia,
Avicena, el yoga taoísta, Paracelso y Alberto Magno nos han
dejado instrucciones acerca de cómo distinguir entre el imaginar
falso y el verdadero, el cual, como se dijo previamente, viene del
corazón (el lugar del thymós y del daímon)
y se dirige al corazón del universo, al sol, y de ahí
al macrocosmos. El verdadero imaginar va más allá
de la unio mentalis de nuestra microcósmica vida fantástica,
más allá del cavilar reflexivo de la mente del que
surge su "consciencia".
La consciencia imaginal es hermafrodita, une la polaridad masculina
con la femenina, aunque su constelación no pueda ser sino
momentánea. Una consciencia tal difiere de la habitual consciencia
yoica de la reflexión. Porque ésta última discrimina,
tiende a producir divisiones, jerarquizando de mejor a peor; y su
continuidad depende en gran medida de la voluntad. Por su parte,
la consciencia imaginal, reuniendo inconmensurables, es simbólica.
El hermafrodita pone de relieve el aspecto unificador y por ende,
curativo del eros de este tipo de consciencia. Además, dado
que toda unión de opuestos es paradójica, no puede
ser querida voluntariamente. Esta consciencia simplemente sucede,
como suceden los momentos de sincronicidad, como suceden los símbolos.
El psicólogo que se dedica a hacer alma, resulta comparable
al pintor que pone su vida en la pintura, sacrificándose
a los limitados requerimientos del opus. Pero cuando este matrimonio
con la obra significa "ver el mundo psicológicamente",
entonces está basado en la reflexión, lo que equivale
a despotenciar los efectos eróticos del amor, tomando tan
sólo una parte suya y transformándola en el instrumento
mental del análisis. Nos hallamos entonces ante un falso
matrimonio, en el que la psique del análisis permanece como
una esposa virgen, mirando por la ventana la vida que bulle en la
calle, siendo entretanto interpretada, entendida y empatizada compasivamente.
El alma es hecha objeto de reflexión analítica, pero
no es vivida, no es amada.
La técnica específica mediante la cual lo creativo
puede ser despotenciado a favor de lo reflexivo recibe el nombre,
en psicología analítica, de "retirada de proyecciones".
Este proceso es esencial, desde luego, si la consciencia del Yo
debe resolver sus transferencias; pero es también la virtud
que se convierte en vicio cuando da lugar a que se prefiera la imagen
a la persona o a que prime el significado sobre la experiencia.
La reflexión se entremezcla entonces inextricablemente con
los malentendidos paranoicos propios del Yo, que intenta controlar
la vinculación natural con el mundo mediante el ambicioso
ideal de devenir "objetivamente consciente" acerca de
él. Sólo cuando se lleva a cabo radicalmente, hasta
sus últimas consecuencias, puede el abandono reflexivo de
las proyecciones probar su verdadero valor. Ante todo se debe abandonar
la proyección primaria sobre el Yo mismo, que lo convierte
en el único portador de la consciencia conseguida por la
reflexión. Esto conduce a sumergirse en el campo proyectado,
entrando en él con amor, entrando en él hasta el punto
de convertirse uno mismo en una proyección del reino imaginal,
y nuestro Yo, a su vez, en fragmento de un mito. Las reflexiones
pueden entonces verificarse de forma tan espontánea como
las proyecciones, pero no serán ya el resultado de la voluntad
ni del Yo, que buscan hacer consciencia abandonando las proyecciones.
Estas observaciones sobre la reflexión nos conducen a considerar
el "eros terapéutico", nombre que se da frecuentemente
a la empatía compasiva. ¿Existe un tipo especial de
eros propio de la profesión terapéutica, un eros que
"haga bien"? Sócrates dijo que la psique humana
tiene algo de divino (Jenofonte, Memorabilia IV, 3, 14) y que el
primer deber de cada uno consistía en cuidar de su salud
(Platón, Apología 30ª-b). Nosotros sabemos, por
Platón y por Jung, que la salud de la psique equivale a su
integridad psicológica y que el eros es el factor integrador
que liga, mantiene unidos y conjunta los opuestos. Pero este eros
no es ni benevolente, ni compasivo, ni tampoco tiene una especial
preocupación terapéutica; es el amor como un todo
lo que favorece la integridad. Y el amor total incluye el odio,
de la misma manera que la creatividad incluye la destructividad.
El llamado eros terapéutico tiene siempre en sí algo
de agape condescendiente, de maternal y paternal, es solamente bueno
a secas. ¿Cómo puede entonces cerrar una herida desde
abajo y desde dentro? El eros verdadero, sin embargo, se aleja de
cualquier responsabilidad terapéutica, por la sencilla razón
de que es siempre, curiosamente, más débil que el
problema que tiene que afrontar. Tiene algo de chiquillo, es alocado,
espontáneo, desconsiderado en su inmediatez, pero siempre
alegre. Puede así, recrear desde dentro las heridas. No desea
el bienestar ni la salud de la otra persona; desea a la otra persona.
Lo que cura es la necesidad que tenemos uno de otro -incluyendo
aquellos componentes que son mutuamente destructivos-, y no tu necesidad
de ser curado, que lo único que hace es apelar a mi compasión.
La terapia es el amor mismo, en su totalidad, y no una parte determinada
de él. Podemos aquí de nueve remitirnos a Sócrates:
"Porque el amor, ese renombrado y sumamente engañoso
poder, incluye todo tipo de deseo, de felicidad y de cosas buenas
(Banquete 205d).
Y a esto se debe que, por mi parte, cultive y honre todos los elementos
del amor, y recomiende a los otros que hagan otro tanto (Banquete
212b).
Quizás pueda ayudarte en tu búsqueda de lo bello y
lo bueno porque yo mismo soy un amante. Cuando deseo a alguien,
doy toda la fuerza de mi ser para ser amado por él en reciprocidad
a mi amor, para desatar anhelo en respuesta a mi anhelo y para ver
mi deseo de su compañía correspondido por el suyo
(Memorabilia II, 6, 28)."
La totalidad del amor incluye mi himeros, mi deseo ardiente de
ti, mi apetencia de cualquier cosa en relación contigo y
mis insensatas idealizaciones que te mejoran, te hacen crecer, te
transforman y te hacen encontrar tus alas; incluye también
mi pothos, ese anhelo, esa ansiedad, esa añoranza de todo
lo tuyo; e incluye, además, mi necesidad de tu antéros,
de la correspondencia de tu amor; incluye todo aquello, en suma,
que me hace sentir vergüenza al admitir que me encuentro estrechamente
vinculado contigo, la otra persona, o conmigo mismo y mi propia
alma. Este amor está siempre presente, al igual que el instinto
creativo se encuentra potencialmente presente en todos nosotros,
de modo que "en realidad todos somos amantes constantemente".
O, en palabras de Sócrates, "no podría nombrar
un tiempo en el cual no haya estado enamorado de alguien".
Estar enamorado revela, como dice Gould, "lo que verdaderamente
queremos tener"; porque estar enamorado es, siguiendo el Fedro
(250d-252c), "el estado en el cual renacen a uno las alas espirituales",
ya que "l'ame, dans son acte essentiel, est donc amour",
y "el alma es enteramente alma cuando es amante".
La terapia, por eso, es el amor al alma. El terapeuta que enseña
y que cura -siguiendo el modelo socrático-platónico
del filósofo que enseña y cura- se encuentra en el
mismo plano ontológico que el amante; ambos surgen del mismo
impulso primordial que subyace tras su búsqueda (Fedro 248d).
La terapia como amor del alma es una continua posibilidad para cualquiera,
y no depende ni de la situación terapéutica ni de
un especial "eros terapéutico", término
inapropiado que es un constructo de la reflexión. Este amor
debe mostrarse en la terapia a través del espíritu
con el cual nos aproximamos a los fenómenos de la psique.
Por desesperados que sean los fenómenos, el eros se mantendrá
en relación con el alma y buscará el camino a seguir.
Este espíritu está dotado de una ingeniosa inventiva
y de una inteligencia creativa, cualidades que, como nos dice nuestra
fábula, Eros ha heredado de su padre, ya sea éste
Poros o Hermes. El amor no se limita a encontrar un camino y es,
intrínsecamente, el "camino" mismo. Buscar las
conexiones psicológicas por medio del eros es el camino a
seguir por la terapia en tanto hacedora de alma. Y hoy en día
éste es un camino, una via regia, para acceder a la psique
inconsciente, tan regio como el camino que pasa a través
de los sueños o el que atraviesa los complejos.
Las intuiciones creativas no son, así, solamente las reflexivas;
son especialmente esas vivencias, esas excitantes percepciones que
surgen de los vínculos. Las percepciones psicológicas
informadas por el eros son dispensadoras de vida, vivificantes.
Algo nuevo nace en nosotros mismos y en el otro. El amor ciega sólo
la perspectiva usual, pero abre una nueva forma de ver; de hecho,
uno sólo puede revelarse de forma plena a la vista del amor.
Las intuiciones reflexivas pueden brotar, como el loto, del centro
inmóvil del lago de la meditación, mientras que las
intuiciones creativas surgen en las fronteras de la confrontación,
salvajes y en estado natural pero también delicadas, en esos
confines donde somos más sensibles y estamos más expuestos,
y también, curiosamente, más solos. Para encontrarte,
debo arriesgarme a mí mismo como yo soy. El hombre, en su
desnudez, es puesto a prueba. Sería, sin duda, más
seguro reflexionar en la soledad, que confrontarse contigo. Pero,
la máxima favorita de la psicología reflexiva -una
psicología que tiene por meta principal no tanto el amor
cuanto la consciencia-, "conócete a ti mismo",
a través de la reflexión, por el "revélate
a ti mismo", lo que equivale al mandato de amar, pues en ningún
otro lugar nos revelamos más que en nuestro amor.
En ningún otro sitio, tampoco, estamos más ciegos.
¿Lleva el amor en las esculturas y pinturas los ojos vendados
tan sólo con la finalidad de hacernos ver su compulsión,
su ignorancia y su sensual inconsciencia? El amor ciega para extinguir
la falaz visión cotidiana, de tal manera que pueda abrirse
otro ojo que sea capaz de percibir de alma a alma. La perspectiva
habitual no puede ver a través de la espesa piel de las apariencias:
del aspecto que tenemos, de lo que llevamos puesto o de nuestro
estado. El ojo ciego del amor penetra en lo invisible, volviendo
transparente el opaco error de mi amar. Veo el símbolo que
eres tú y lo que significas para mi muerte. Puedo ver a través
de esta ciega y alocada visibilidad que el resto de la gente también
ve e indaga la necesidad psíquica de mi deseo erótico.
Descubro que donde quiera que el eros vaya, allí acontece
algo psicológico, y que donde quiera que la psique viva,
allí constelará el eros inevitablemente. Como las
figuras antiguas de Eros, estoy desnudo: soy visible, transparente;
es decir, un niño. Como las figuras tardías de Amor,
estoy ciego: no veo ninguno de los valores obvios y evidentes del
mundo normal; estoy abierto sólo a lo invisible y a lo daimónico.
Hoy nuestra imagen de la meta ha cambiado: no es ya la del Hombre
Iluminado, el que ve, el vidente, sino la del Hombre Transparente,
que es visto diáfanamente, que es alocado, que no tiene nada
que esconder, convertido en transparente a través de la aceptación
de sí mismo; de ese hombre cuya alma es amada, completamente
revelada, plenamente existencial; que es sólo lo que es,
liberado del ocultamiento paranoico, del conocimiento de sus secretos
y de su secreto conocimiento; y cuya transparencia sirve de prisma
para el mundo y el no-mundo. Porque es imposible conocerse a sí
mismo reflexivamente; únicamente la reflexión final
de una necrología puede decir la verdad, y solamente Dios
conoce nuestros verdaderos nombres. Siempre llegamos tarde con nuestras
reflexiones, cuando el suceso ya ha pasado; o también puede
que nos hallemos justo en el medio, donde vemos lo que sucede como
a través de un espejo, es decir, confusamente.
¿Cómo podríamos conocernos a nosotros mismos
por medio de nosotros mismos? Podemos conocernos a nosotros mismos
a través de otro, pero no podemos conseguir solos ese objetivo.
Este último proceder es el del héroe, que puede que
fuera adecuado durante la fase heroica. Pero si algo hemos aprendido
de los rituales de la nueva forma de vida, ese algo es precisamente
que no podemos alcanzar esa meta por nosotros mismos. El opus del
ama necesita de una conexión íntima, no ya para individualizarse
sino también meramente para vivir. Por esta razón,
necesitamos imprescindiblemente relaciones del tipo más profundo,
a través de las cuales nos realicemos nosotros mismos, vínculos
donde la autorrevelación sea posible, donde el interés
por el alma y el amor por ella sean capitales y donde el eros pueda
moverse libremente, ya sea en el análisis, en el matrimonio
o en la familia, o entre amantes y amigos.
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