Sì, tenías razòn: a veces me olvido.
Yo que te había dicho, que había jurado y prometido,
y hasta me habìa enojado porque deslizaste aquel: te
vas a olvidar...,me olvido.
Este julio van a hacer cinco años ya. Desde aquel día
en que decidiste que ya era suficiente, y que no podías
seguir llevando tan a la larga las cosas, como era tu costumbre,
incluso para morirte. Tan esmerada habías sido para
pasar desapercibida siempre, en toda circunstancia, que cuando
ya la enfermedad llevaba diez años con vos a cuestas,
llegué a pensar que algún día, de puro
desorientada, llegarías a sobrevivirla.
Pero no. Aquel día te despertaste con dolor de cabeza,
un pequeño dolor sin demasiada importancia, al menos
en comparación con aquellos que te hacían gemir
por noches enteras, volviste a dormirte luego de que te aplicaran
un analgésico, pero antes le preguntaste a tu madre:
¿sabés algo de Nora?, “No, pero la llamo
si querés, te respondió Raquel”. “No,
dijiste, seguramente estará ocupada con el cumpleaños
de Steve. Cuando la veas, decile que nunca se olvide de hacer
todo aquello que hablamos. Que ella soy también yo”.
“Mejor se lo decís cuando la veas vos”
te respondió Raquel. “Vos decile”, dijiste,
cerraste los ojos, te dormiste, y horas más tarde,
ya habías muerto. Tan simple, que parecía inusitado.
Siempre fuiste una mujer brillante. Aunque lo tuyo no era
destacarte, quien llegaba a formar parte de tu intimidad,
conocía a la perfección la exquisitez de tu
pensamiento. La carrera de filosofía había sido
una de tus pocas pasiones, y las veces en que pude presenciar
una de tus clases en la universidad, tuve la ocasión
de admirar el efecto que tu intelecto sagaz y profundo, ejercía
sobre tus alumnos.
Cuando te diagnosticaron cáncer, allá por tus
30 años, todavía estabas amamantando al menor
de tus hijos.
Siempre recuerdo aquel día: aún estabas adormilada
por la anestesia, y te dieron el resultado de la biopsia.
Nos quedamos a solas, y me dijiste en un susurro: tengo miedo.
Yo te conté un cuento. Te relaté el mito del
dios Panos, mientras vos escuchabas con los ojos cerrados.
Cuando terminé, abriste tus ojos, me miraste desde
tu bella cara (eras tan hermosa...), y me dijiste: no me gustó.
Me pediste que te alcanzara los cosméticos, te maquillaste
y perfumaste, y me obligaste a que te cambiara el camisón,
por uno de aquellos tan hermosos que nos habíamos mandado
a hacer para parir los hijos. Te sentaste en la cama, y sonreíste.
Allí comencé a hablar yo de la curación,
ese mismo día. Vos, no dijiste una palabra. Y nunca
jamás en esos diez años que seguirían
hablarías de curación. Cuando finalmente hice
silencio, dijiste: te das cuenta? Yo que jamás me destaqué
en nada, resulta que ahora me vengo a destacar por “Esto”.
Pusiste énfasis en nombrarlo así.
Comenzamos, como no podía ser de otra manera, por Heiddeger.
Seguimos con el Libro Tibetano de los muertos, y así
y así. Buscando incansablemente un sentido. El último
libro que leímos juntas, o mejor dicho que te leí
porque tu vista ya no te permitía hacerlo, fue El patito
feo, una versión corta e ilustrada para niños
pequeños. La muerte ya no era un abstracto: era tu
muerte, era tu vida. Y cuando uno está sentado sobre
eso, descubre una cosa: solo anhela la profunda sencillez.
¿O será que la misma cosa, se reduce y se reduce,
se deshidrata, se desinfla, y queda en los huesos, en lo que
verdaderamente es, algo muy pero muy simple? Creo que si algo
aprendimos, en esos larguísimos diez años, fue
que las tres cosas más importantes de la vida: la vida
misma, la muerte y el amor, son de una sencillez, y una cursilería,
apabullantes.
Cuando tenías esos momentos de profundo dolor, de miedo
aterrador, de locura angustiosa, sólo querías
y te calmaban palabras como: ya corazón, no llores
más, quédate tranquila, querés un caramelo?
Me metía con vos en la cama, despacito para no incrementar
tus dolores, te abrazaba como si fueses de cristal, y te acariciaba
el pelo y las lágrimas, mientras cantaba en un susurro
alguna canción de cuna. Claro que ya habíamos
probado a Mozart. Sabíamos del efecto curativo que
tenía y de las estadísticas y todo eso. Pero
en aquellos momentos, en donde la vida, la muerte y el amor,
eran tan reales como cualquiera de tus cuatro hijos, Mozart
te sacaba de quicio, y a mi también. Sin embargo, canturrear
la tonada de una ronda que habíamos jugado de pequeñas,
nos trastocaba el humor en una pequeña alegría,
casi de inmediato: “dame la mano, dame la otra, dame
un besito sobre la boca”.
Vos, que tenías palabras para todo, aún en latín;
yo que tenía explicaciones para casi cualquier estado
emocional, descubrimos juntas, a lo largo y a lo ancho de
ese camino, que las cosas fundamentales ni se hablan, ni se
explican, ni se justifican, y que uno aprende casi todo lo
importante que debe aprender en la vida en el jardín
de infantes: tómense siempre de la mano cuando salen
a la calle; conviden a los compañeros;, si una amiguita
se enoja contigo no es que no te quiera, es que tiene un mal
día, tan solo déjala tranquila que mañana
se le pasará; no se lastimen; cuiden a los más
pequeños; todos podemos cantar y bailar, no solamente
los que lo hacen “bien”; hay cosas que cuando
se rompen pueden arreglarse y otras no; si no te gusta Carmencita
déjala en paz, hay un montón de otros nenes
y nenas para jugar, ella es perfecta como es y habrá
otros niños que sí quieran jugar con ella; hay
momentos para hablar y momentos para hacer silencio;, y pocas
cosas más.
“Todo es tan sencillo...”, me decìas una
y otra vez. “Cuanta palabra para nada, cuando la cosa
solo se reduce a quizá una: bondad. Yo solo espero
que sean buenos conmigo, amables, y tengan sentido del humor.
Que me amen y me tomen la mano. Que vengan a verme cuando
tengan ganas, y cuando no, no. Y entonces cuando vienen, ay
cuando vienen! Muevo el rabo como Noche (así se llamaba
tu perra), y espero con ansiedad que tan solo me tomen la
mano y me cuenten historias de aquel mundo al que yo también
pertenecía, en donde la gente se pone zapatos, se peina
porque tiene pelo, y se preocupa que no se le corra el rimmel,
tan solo porque aún tiene pestañas. Nunca te
olvides. No hables de más. No tiene sentido”
“Jamás me olvidaré”, te decía
yo convencidìsima. “te vas a olvidar”,
repetías vos. Y yo me enojaba, protestaba, te rebatía.
Y entonces vos, volteabas la cabeza, mirabas hacia fuera a
través del ventanal, y me pedías: no me acomodarías
las almohadas? Nada más que para no avergonzarme y
decirme: ves? Ya te has olvidado.
Tantas cosas que a cualquiera en otra circunstancia le hubiesen
podido parecer de lo más complejas, resolvimos juntas
en un instante, y de la manera más sencilla posible.
Como cuando ya no podías cocinarle a Imanol, y el lloraba
sentado en tu cama. ¿te acordás? Apelamos a
lo que ya habíamos aprendido, a la sencillez. Todos
en esa casa se tomaban la cabeza con las manos, y se preguntaba
cómo hacer para resolver la cuestión y el sufrimiento
de ese niño, que al reclamarte que le cocinaras, no
hacía más que exigirte que no estuvieses enferma,
que no pasara lo que pasaba. Preparamos aquella canasta, con
volados y moños, y nos encargamos que siempre tuviera
dentro todas aquellas cosas que a Imanol le gustaban: caramelos,
chocolates, chupetines. Entonces cuando él tenía
alguno de sus “ataques”, vos lo invitabas a sentarse
a tu lado, a acurrucarse contra tu cuerpo, y mientras le contabas
alguna historia cotidiana, pelabas un caramelo como quien
prepara un soufflé, y se lo metías en la boca.
Eso, solo eso fue suficiente.
Algunas escenas, las guardo como tesoros. Como aquel dìa
en tu última primavera: llegué a tu casa con
un enormísimo ramo de hortensias que había cortado
en mi jardín, casi no entraba por la puerta. Me miraste
con ternura, mientras yo las esparcía en floreros por
todo el cuarto, y te hacía ver que este año
había logrado algunas celestes aparte de las rosas,
porque le había puesto hierro a la tierra. Vos guardabas
silencio. En un momento yo estaba de espaldas a vos, y me
dijiste: “pensar que el año que viene..”
Y se te quebró la voz. A mi me corrió un escalofrío
por la espalda. “No seas tonta”, dije. “Sabés
perfectamente que puedo salir de acá en un rato, que
me atropelle un conductor ebrio, y seas vos la que me las
lleves a mi”. Ni bien terminé de decirlo, me
dí cuenta que había dicho una pavada. Una frase
hecha para tejer la angustia. No me atreví a darme
vuelta y enfrentarte, entonces escuché tu risa queda.
“No somos nada”, dijiste comenzando un juego.
“Hoy estamos y mañana no”, continué
yo. Y así seguimos un buen rato, diciendo frase hecha,
tras frase hecha, hasta que nos corrieron las lágrimas
por las mejillas de risa, y yo tuve que correr al baño
para no hacerme pis encima.
Cuando murió mi padre, y vos ya casi no podías
moverte, en medio de tanta tristeza y penar, decidí
no avisarte.
Al día siguiente del entierro, tocan el timbre, y te
veo de pié en la puerta, apoyada en tu bastón:
te había traído un taxi. Salí a recibirte
pero cuando iba a hablar, me hiciste un gesto para que me
calle. Con una mano te sostenías del bastón,
y con la otra de mi brazo, al que apretabas tan fuerte que
si miro fijo, aún me parece ver en él las huellas
de tus dedos. Cuando finalmente recorrimos el camino de entrada
y pasamos a casa, te sentaste en una silla del recibidor tan
cansada y resoplante, como si hubieses recorrido África
a pié. Me puse en cuclillas delante de ti, apoyè
mis manos sobre tus muslos, y comencé a decirte con
la voz quebrada: “Supuse...”. Me callaste con
un gesto y continuaste vos: “¿A qué suponer
si podés preguntarme? No vuelvas a hacerlo, nunca más,
nunca más”. Apoyé mi cabeza en tu regazo
y lloré amargamente durante un buen rato, mientras
vos me acariciabas y susurrabas palabras de consuelo. “Siempre
puedo acompañarte, siempre. Aunque no pueda”,
decías. Fue la última vez que viniste a casa,
y la vez más hermosa también.
Otra escena que recuerdo, fue el mismo día de tu muerte.
En un momento te tomé la mano, y me dí cuenta
que estaba perfectamente arreglada, suave, las uñas
pintadas. Tu madre tomó crema de su cartera, y comenzó
a pasarte crema por las manos. “Se las arregló
ayer”, me dijo, mientras vos dormías ya el sueño
que terminaría en tu muerte. En ese momento supe que
habías vivido sabiamente hasta el final, y que tu madre
continuaba ese quehacer, con ese gesto amoroso de encremarte
y acariciarte, cuando supuestamente ya no lo necesitabas.
Un universo entero en tan poquita cosa.
La última vez que nos vimos, festejamos algo, no recuerdo
bien qué. Todos los días festejábamos,
mientras antes no habíamos hecho otra cosa que intentar
comprender la vida. Solo al final, habíamos aprendido
finalmente a vivirla. Ya hacía rato, que no nos interesaba
comprender. Sólo festejar. Si no recuerdo mal, era
el resultado de un partido de fútbol. Nos tomamos una
copa de champán, también estaba tu madre. Nos
reímos a las carcajadas y si, fuimos felices. Tan felices
como jamás habíamos logrado serlo cuando leíamos
a Heidegger. Hicimos planes. Iríamos de pic nic al
campo, cuando llegase la primavera, nos vestiríamos
de largas faldas y nos pondríamos moños en la
cabeza. Llevaríamos una canasta primorosamente arreglada,
llena de exquisiteces y de la mejor vajilla. Yo cabalgaría
para vos: solo para que me vieses, y en ese mirarme, cabalgar
conmigo. Mientras vos permanecerías sentada en una
manta, con la espalda apoyada sobre el más frondoso
ombú que hubiese en aquel lugar. Fue el pic nic fantaseado
más hermoso que tuvimos jamás.
Aquella mañana cuando Raquel me llamó para
decirme que estabas en coma, corrí como una poseída
al lugar más lejano de mi casa, y me metí debajo
de una mesa. Lloré y grité un buen rato, mientras
mi esposo intentaba por todos los medios, sacarme de allí.
Hasta que te escuché: no te olvides.
Me sequé los mocos, me vestí, y caminé
las cinco cuadras que me separaban de la clínica, en
una de las mañanas más frías que recuerde.
Cuando llegué a tu lado, estabas sola, sobre una camilla,
respirando con dificultad, inconsciente.
Yo te tomé en brazos, te quité la gorra de lana,
y te besé con el más profundo de mis amores
en tu cabeza calva.
Te fuiste como viviste, en silencio y sin bochinche, horas
después.
De vos sólo me queda aquel gorrito que usabas en invierno
cuando ya no tolerabas la peluca. Y lo aprendido, que como
una mala alumna, me olvido una y otra vez.
Pero en noches como ésta, lo recuerdo, y me abrazo
a mi misma si no tengo a quien abrazar. Aún así,
sé que cuando me abrazo, te abrazo. Cierro los ojos
y la boca, y canturreo: “en coche va una niña,
taralì, en coche va una niña, taralì,
hija de un capitàn, taralilulì, taralilulà...”
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